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Chapter 2: El escudo de cristal

Julián protege a Elena de la prensa tras la gala, consolidando su estatus como su esposa ante el público. Sin embargo, la tensión aumenta cuando Julián le exige participar en la junta de accionistas, revelando que su protección es una inversión calculada. Elena descubre una cláusula oculta que redefine su papel: ella es una coartada, no una socia.

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El escudo de cristal

El aire en el vestíbulo del hotel, cargado con el aroma de lirios y el murmullo de una élite que se alimentaba de escándalos, se volvió irrespirable. Elena Valdés mantuvo la barbilla alta, aunque cada flash de las cámaras se sentía como un golpe físico. A su lado, Julián de la Vega no era un hombre, sino una muralla de granito envuelta en un traje a medida. Su mano, firme y gélida, se cerró sobre el brazo de ella con una posesividad que no buscaba consuelo, sino control.

—Recuerda —susurró Julián, su voz apenas un roce contra el lóbulo de la oreja de Elena—. No eres una víctima esta noche. Eres la señora De la Vega. Si titubeas, el mercado devorará tu última pizca de dignidad.

Elena no respondió. Sus dedos, ocultos tras el bolso de mano, se clavaron en la palma de su mano hasta dejar marcas. La traición de Sofía, que había filtrado documentos falsos para arruinar su reputación, se sentía ahora como un juego de niños comparado con la jaula de oro que Julián le ofrecía. Él necesitaba un escudo legal para la junta sucesoria de la próxima semana; ella necesitaba un arma para no ser destruida. El contrato estaba firmado, pero el precio de su libertad apenas comenzaba a cobrarse.

Al cruzar las puertas hacia la salida, la jauría de periodistas se abalanzó. El estruendo de los flashes era una ceguera intermitente.

—¡Señorita Valdés! ¿Es cierto que su fundación está bajo investigación por fraude? —gritó un reportero, acercando el micrófono hasta casi tocar el rostro de Elena.

Ella sintió el impulso de retroceder, de huir hacia la oscuridad de la calle, pero el agarre de Julián se tensó, anclándola al suelo. Él dio un paso al frente, interponiéndose entre ella y la lente de la cámara con una elegancia depredadora. No hubo sonrisas para la prensa, solo una mirada que hizo que el periodista retrocediera un paso instintivo.

—El medio que usted representa ha publicado calumnias sin fundamento —dijo Julián, con una calma que cortaba el aire—. Mi esposa no tiene nada que declarar ante carroñeros. Si vuelven a acosarla, me aseguraré de que su licencia de emisión sea revocada antes del amanecer. ¿Vale tanto su primicia como su carrera?

El silencio que siguió fue absoluto. La autoridad de Julián era una moneda de cambio que todos en la sala reconocían. Él atrajo a Elena hacia sí, obligándola a caminar con él hacia el Maybach blindado que esperaba en la acera. Cada paso era una coreografía de poder; él era el protector, ella el activo que debía ser custodiado.

Una vez dentro del vehículo, el aislamiento fue instantáneo. Julián se despojó de la chaqueta, revelando la tensión en sus hombros. Sus ojos, oscuros y analíticos, no buscaron la calidez de una esposa, sino la eficiencia de un socio.

—Has actuado bien —dijo él, rompiendo el silencio con la frialdad de un bisturí—. Pero no te confundas. La prensa ha comprado nuestra historia, pero mi familia no es tan ingenua. El escrutinio será diez veces mayor a partir de ahora.

Elena enderezó la espalda, obligándose a mantener el contacto visual. Su dignidad era lo único que le quedaba en aquel coche que se sentía como una celda sobre ruedas.

—¿Por qué yo, Julián? —preguntó ella, con una voz que no tembló—. Hay mujeres con reputaciones intactas que habrían firmado tu contrato sin dudarlo.

Julián esbozó una sonrisa que no llegó a sus ojos.

—Porque ninguna de ellas tiene el motivo suficiente para odiar a Sofía tanto como tú. Tu resistencia es mi mejor inversión. Y vas a necesitarla: el próximo martes asistirás a la junta de accionistas conmigo. No como espectadora, sino como mi representante legal.

Elena sintió un escalofrío. La junta de accionistas era donde se decidiría el destino de la fortuna de los De la Vega. Al llegar a la residencia, Julián la tomó del brazo frente a la seguridad. Mientras ella intentaba apartarse, él se inclinó una vez más, susurrándole una advertencia que le heló la sangre:

—A partir de ahora, todo lo que toques es propiedad de nuestra unión. No intentes buscar una salida, porque la única puerta abierta es la que yo decida cerrar.

Elena lo observó entrar, dándose cuenta de que el contrato no era solo una protección; era una trampa de la que no podría escapar sin perder su identidad. Más tarde, en el estudio de Julián, sus dedos rozaron un documento olvidado sobre el escritorio. Era una cláusula en el testamento que no recordaba haber leído. Al leerla, el aire se le escapó de los pulmones: ella no era su esposa, era su coartada para una sucesión que escondía mucho más que dinero. ¿Qué era lo que realmente estaba protegiendo Julián, y por qué ella era la única pieza que no podía permitirse perder?

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