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Chapter 8: El baile de los espejos

Elena y Julián enfrentan las consecuencias de su exposición pública tras la gala. Julián entrega a Elena el archivo incriminatorio sobre su familia, revelando que el contrato ha mutado en una alianza de riesgo mutuo. Un nuevo ataque mediático de su exmarido confirma que el objetivo no es la reconciliación, sino la destrucción total de Elena, obligándolos a consolidar su farsa como una amenaza real ante la familia Santoro.

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El baile de los espejos

El aire en el penthouse era tan gélido que Elena podía sentirlo en la nuca, un recordatorio constante de que, en ese mundo, la temperatura de una habitación era directamente proporcional al poder de quienes la habitaban. Sobre la mesa de mármol, su teléfono vibraba con la insistencia de un animal herido. Tres alertas de prensa, dos de inversionistas. La foto de la gala de anoche —ella y Julián, una coreografía de miradas calculadas— ya no era una herramienta de protección; era un blanco en su espalda.

Julián estaba de pie frente al ventanal, observando la ciudad con una quietud que rozaba la amenaza. Se había quitado el saco, dejando ver la camisa blanca impecable, pero la corbata, ligeramente desajustada, era la única grieta en su armadura.

—Tu familia ya me ha marcado como una amenaza —dijo Elena, rompiendo el silencio. Su voz no tembló; había aprendido que en ese nivel de juego, la vulnerabilidad era una divisa que no podía permitirse gastar.

Julián se giró. Sus ojos, oscuros y analíticos, recorrieron el rostro de ella antes de detenerse en la carpeta negra que él mismo había dejado sobre la mesa.

—Significa que el contrato está funcionando mejor de lo que esperábamos —respondió él, su tono desprovisto de cualquier calidez romántica. Era el tono de un estratega que acaba de sacrificar un peón para ganar la partida.

—Funcionó demasiado bien. Ahora no solo me odian; me temen.

Julián caminó hacia ella. El sonido de sus pasos sobre el mármol fue el único ruido en la estancia. Dejó la carpeta frente a ella. No era un regalo; era una confesión. En la portada, escrita con una caligrafía angulosa, una sola palabra: Valdés.

Elena sintió un vacío en el estómago. Era el archivo que Julián había guardado como seguro de vida, la pieza que vinculaba su apellido con la disputa sucesoria de los Santoro.

—¿Quieres negociar ahora? —preguntó ella, sin tocar el documento.

—Quiero que sepas lo que yo sé —dijo él, apoyando una mano en el respaldo de la silla frente a ella—. Y quiero que entiendas que si esto se rompe, no solo pierdo yo. La fachada ya no es suficiente, Elena. Necesito una socia, no un escudo.

Elena abrió la carpeta. Los documentos no eran una trampa; eran una hoja de ruta hacia la destrucción de ambos. Transferencias, cláusulas ocultas, una red de corrupción que involucraba a los Valdés en el sabotaje a los Santoro. Al leer, comprendió que el contrato que los unía ya no era una farsa legal, sino una trampa de la que ninguno podía salir sin quemarse.

—Si esto sale a la luz, tu junta no sobrevive —murmuró ella, sintiendo el peso de la traición familiar de su propio apellido.

—Ya está quebrada —respondió Julián, acercándose tanto que ella pudo sentir el calor de su presencia—. Lo que me preocupa es quién intentará usar esto contra ti para borrarte del mapa.

En ese momento, el teléfono de Julián emitió un pitido seco. Un enlace. Un titular venenoso: La novia de los Santoro y el pasado que no quieren mencionar. La imagen adjunta era una prueba definitiva: un documento escaneado con su firma.

Elena sintió el golpe. No era difamación; era un borrado sistemático. Su exmarido no quería recuperarla; quería que dejara de existir en el tablero social.

—No vas a leer eso sola —dijo Julián, apartando el teléfono con una frialdad protectora que le erizó la piel.

Elena cerró la carpeta y la sostuvo contra su pecho. La alianza, antes contractual y fría, se había convertido en una trampa de alta tensión. Ya no eran dos extraños fingiendo un compromiso; eran dos supervivientes en medio de un incendio que ellos mismos habían provocado.

—La gala de esta noche será nuestra última oportunidad de controlar la narrativa —dijo ella, levantando la vista.

Julián asintió, una chispa de algo más oscuro que la ambición brillando en sus ojos.

—Entonces bailemos, Elena. Pero asegúrate de no soltarme. Porque si caemos, caeremos juntos.

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