El costo de la lealtad
El despacho de Julián Varga no era una oficina; era una cámara de presión. El aire, cargado con el aroma a cuero tratado y el zumbido eléctrico de los servidores, se sentía denso, casi irrespirable. Sobre la mesa de caoba, el teléfono de Elena vibraba con una cadencia errática. Cada notificación era un clavo más en su ataúd social: «¿El heredero oculto de los Varga? La doble vida de Elena Valdés». La imagen que acompañaba el titular —ella, saliendo de la escuela de su hijo, con el rostro desencajado— era una sentencia de muerte.
Juli
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