Auditoría de alta presión
El aire en la celda de detención de la Academia del Loto de Hierro sabía a ozono metálico y a la desesperación de generaciones olvidadas. Elian Vane, con los nudillos todavía sucios por el polvo de los archivos y la piel ardiendo bajo el efecto de la 'Resonancia del Vacío', no apartó la vista del Inspector Kael. El zumbido de la energía inestable, ahora que su sello de supresión estaba permanentemente roto, vibraba en sus huesos como una sentencia de muerte o una promesa de poder.
—Tu sello de grado mayor no se rompió por accidente, Vane —dijo Kael, deslizando un pergamino con el sello oficial de la Academia sobre la mesa de interrogatorios—. Fue una demolición deliberada. El colapso del mercado central durante la última hora ha sido calculado en miles de créditos, y tú eres el único estudiante con el motivo y la técnica para ejecutarlo.
Elian sintió el peso de las pruebas en su bolsillo interior: el registro de los Solís que detallaba tres generaciones de sabotaje contra su linaje. Si los entregaba ahora, su propia supervivencia estaba garantizada, pero Kael no buscaba justicia. Sus ojos, fríos y calculadores, no se apartaban del cristal de supresión que Elian había ocultado con maestría.
—Sé que Kaelen te dio acceso a los archivos —continuó Kael, bajando la voz—. Él es un instructor en bancarrota, desesperado por recuperar su estatus. Entréganos al Maestro Kaelen y las pruebas de su complicidad, y el Consejo olvidará tu 'anomalía'. Te daremos el rango que tanto anhelas, el acceso que te fue negado por nacimiento, y una plaza en la élite.
Elian sintió un nudo de frialdad. La oferta era una soga de seda: si aceptaba, Kaelen caería, pero él quedaría bajo el control total de Kael. Si se negaba, su ejecución sería pública antes del amanecer.
Horas después, en la penumbra de los archivos, Elian se reunió con Kaelen. El mentor lucía una palidez enfermiza, sus manos temblaban sobre los mapas de las ruinas prohibidas que entregaba a Elian. —Ya lo saben, Elian —siseó Kaelen, con una sonrisa amarga—. Me han ofrecido el sacrificio perfecto. Si yo caigo, el mercado se estabiliza. Toma el mapa. Las ruinas son tu única salida cuando el Consejo intente purgarte.
Los pasos de los guardianes resonaron en el pasillo exterior. Kaelen no huyó; se quedó allí, un hombre que prefería ser el chivo expiatorio a seguir viviendo bajo la bota de la deuda. Mientras Kaelen era arrastrado hacia las celdas, Elian se deslizó por un conducto de ventilación, con el mapa contra su pecho y la certeza de que su ascenso apenas comenzaba a costar demasiado.
Al amanecer, el Patio Central estaba abarrotado. Las campanas de auditoría repicaban, un sonido que cortaba el aire. Valeria Solís observaba desde la tribuna, esperando ver a Elian colapsar bajo el peso de su propia energía. Cuando Elian subió a la plataforma, el Consejo esperaba su sumisión. En lugar de eso, Elian presentó ante la audiencia los registros de los Solís, revelando el sabotaje sistémico que había frenado a su familia.
El silencio que siguió fue absoluto. Elian había usado la energía del cristal para estabilizar el mercado en el último segundo, obligando al Consejo a reconocer su rango provisional para evitar un escándalo financiero mayor. Valeria palideció, su estatus tambaleándose ante la prueba pública de su corrupción. Pero mientras el Consejo le otorgaba el rango, el Inspector Kael se acercó, susurrando al oído de Elian:
—Has ganado el rango, Vane, pero Kaelen ha sido sentenciado. Ahora, el Consejo exige el cristal de supresión como parte de tu 'tributo' de lealtad. Si no lo entregas, el rango será revocado y tu cabeza rodará antes de que termine el día. La elección es tuya: el poder que compraste, o la vida de tu mentor.