El precio de la cima
Julián irrumpió tambaleante en el pabellón de deudores, la puerta crujiendo como si la madera misma se resistiera a dejarlo entrar. La marca violácea le latía desde el cuello hasta la mandíbula, cada pulso un clavo que le atravesaba el cráneo. El Fragmento del Vacío, hundido en su núcleo, estaba mudo: agotado, frío, un pozo que solo devolvía ecos de dolor. Menos de tres horas para el anochecer. La cuota triplicada —4.200 monedas de qi puro— o lo despojaban del núcleo y lo expulsaban como basura.
El custodio levantó la vista desde su mesa, los ojos clavándose en la marca como si fuera una sentencia. —Otra vez tú —gruñó—. Esa cosa en tu cara va a traer a los imperiales antes de que termine la noche.
Las cabezas de los demás deudores se giraron. Murmullos afilados cortaron el aire: «Mira cómo brilla… ya está marcado para subasta». Julián ignoró las miradas, apoyó una mano contra la columna astillada y forzó un hilo mínimo de qi hacia el Fragmento. El artefacto chisporroteó, resistiéndose. Dolor blanco le recorrió el pecho. Aun así, lo obligó a girar una sola vez.
La grieta en su núcleo se abrió como un relámpago seco. Un jadeo se le escapó entre los dientes. Pero el sello de ejecución se congeló: cuarenta y ocho horas de respiro. Nada más. El custodio bufó y volvió a sus cuentas.
Julián se deslizó hasta el suelo, la espalda contra la madera podrida. El sudor le pegaba la túnica. La marca ya le trepaba por la mejilla como una telaraña viva. Entonces la puerta volvió a abrirse.
Mateo entró con pasos rápidos, capucha echada, los ojos brillando con urgencia contenida. —No hay tiempo para sentarte a morir. El comprador imperial vio la inteligencia que le vendimos sobre el pánico de Elara. Subió la oferta. Quiere el Fragmento. Completo. Ahora.
Julián alzó la mirada. El pulso del artefacto contra su esternón era lo único que aún lo mantenía consciente. —No está en venta.
Mateo soltó una risa seca. —Entonces estamos muertos los dos. Pero si no lo entregas, al menos déjame sacarte de aquí con algo. Tengo un pase al archivo restringido. El Ratón aceptó la información sobre Elara como moneda. Podemos entrar. Si hay algo que la hunda, lo encontramos antes de que ella te encuentre a ti.
Julián se puso de pie con esfuerzo. El reloj de qi en su muñeca marcaba una hora y treinta y nueve minutos. —Vamos.
El sótano sellado olía a piedra húmeda y qi estancado. Dos sellos de grado cinco palpitaban en el dintel de obsidiana, azul cobalto. El Ratón esperaba al otro lado, flaco, envuelto en túnicas grises que alguna vez fueron blancas.
—Cuatro mil ochocientas —dijo sin saludar—. Y quiero ver la marca.
Julián bajó la capucha. La luz fría del archivo le golpeó la cara. La mancha violácea brillaba como una herida abierta. El Ratón retrocedió un paso, pero luego sonrió con dientes amarillos. —Interesante. Pasa.
Los pergaminos estaban apilados en anaqueles que subían hasta el techo abovedado. Mateo señaló uno en particular: un contrato maestro sellado con sangre seca.
Julián lo abrió. Sus ojos recorrieron las líneas. No eran listas de alumnos. Eran balances. Nombres tasados en monedas de qi. Fechas de “entrega” al Imperio de los Nueve Tronos. Elara aparecía como firmante en más de cuarenta transferencias. La Academia no entrenaba cultivadores: clasificaba y preparaba mercancía humana. Activos financieros con fecha de caducidad.
El Fragmento del Vacío vibró contra su pecho. Julián sintió la huella de qi de Elara impregnada en el pergamino, una firma energética nítida. Cerró los ojos, canalizó el último hilo sucio que le quedaba y forzó al Fragmento a absorberla. La marca en su mandíbula ardió como si le arrancaran la piel. El qi ajeno entró en él, frío y afilado, y lo devolvió reescrito: la firma de Elara ahora aparecía alterada, como si ella misma hubiera autorizado la filtración del documento.
Mateo silbó bajo. —Acabas de convertir un contrato en un arma.
Julián enrolló el pergamino y lo guardó bajo la túnica. El núcleo le ardía. La grieta nueva palpitaba en sincronía con la marca.
Regresaron al pabellón en silencio. Apenas cruzaron la puerta, Mateo cerró con fuerza. —El comprador sigue esperando. Si no le das el Fragmento, Elara llegará primero. Ya firmó la orden de captura. Guardias de élite subiendo la escalera.
Julián dejó caer el pergamino sobre la mesa astillada. —No vendo el Fragmento. Pero esto… esto cambia el tablero.
Mateo lo miró fijamente. —¿Y qué vas a hacer? ¿Exponerla en público y esperar que el Imperio te aplauda?
Antes de que Julián pudiera responder, la puerta estalló hacia adentro. Maestra Elara entró flanqueada por cuatro guardias de élite, sus túnicas negras ondeando como alas rotas. Sus ojos se clavaron en la marca violácea. —Julián Varas. Estás bajo orden de incautación inmediata. Activo contaminado.
Julián no retrocedió. Levantó el pergamino con mano firme. —Lee la firma, Maestra. La tuya. Autorizando la filtración de contratos imperiales. Si me tocan, este documento llega a todas las casas sectarias antes del amanecer.
Los guardias dudaron. Elara apretó los labios hasta que se volvieron blancos. —Mentira.
Julián sonrió con frialdad, la marca latiendo en su mandíbula como un segundo corazón. —No es mentira. Es aritmética. Cuatro mil doscientas monedas de qi puro. Cancela la cuota triplicada por setenta y dos horas y me olvido de compartir esto… por ahora.
Silencio pesado. Elara lo midió con la mirada. Luego, con un gesto seco, ordenó: —Retírense.
Los guardias retrocedieron. Elara se acercó un paso. —Setenta y dos horas. Ni un minuto más. Y cuando llegue la auditoría estacional, Varas… tu rango actual no te salvará. El tablero ya no es solo de la Academia.
Se dio la vuelta y salió. La puerta quedó entreabierta.
Mateo soltó el aire que había estado conteniendo. —¿Cómo supiste que cedería?
Julián se dejó caer en la silla, el pergamino aún en la mano. —No cedió. Solo compró tiempo. Igual que yo.
Miró la marca en el reflejo de un cubo de agua sucia. La violácea ya le rozaba la comisura del ojo. Seis días para la auditoría estacional. Y ahora sabía que no era una prueba de talento.
Era una valuación.
Y su precio de venta acababa de subir.