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Chapter 8: El peldaño roto

Julián organiza una demostración pública destructiva para recuperar credibilidad ante sus inversores, rompiendo un pilar de contención de grado tres con la técnica prohibida. La marca violácea se expande rápidamente y el Fragmento del Vacío enfría su núcleo de forma peligrosa, mostrando efectos secundarios graves. Mateo le ofrece escapar de la Academia esa noche, pero Julián rechaza la propuesta y decide quedarse. En el patio central, un sicario enviado por la administración lo ataca para purgarlo como 'defectuoso'. Julián derrota al sicario absorbiendo y devolviendo su qi con el Fragmento, pero el costo es el agotamiento total de su propio qi, dejándolo vulnerable justo antes de la auditoría completa.

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El peldaño roto

Seis días. La frase aún resonaba en los oídos de Julián mientras salía del estrado de auditoría, con el patio central todavía vibrando por la declaración pública de Elara. La cuota de mantenimiento se había triplicado oficialmente; el cronómetro de la Academia ya marcaba el precio de su insolvente existencia. Sin inversores, sin flujo de monedas de qi, la purga llegaría antes que la auditoría completa. No había tiempo para lamer heridas ni para esconder la marca violácea que le trepaba por el antebrazo como veneno lento.

Subió al Círculo de Demostración sin pedir permiso. Treinta pares de ojos lo siguieron: aprendices de bajo rango, corredores de apuestas, espías de Elara disfrazados de curiosos. Julián se plantó frente al pilar de contención de grado tres, el mismo que los linajes usaban para presumir avances de núcleo. Hoy no presumiría linaje. Presumiría supervivencia.

Se abrió la túnica lo justo para que el Fragmento del Vacío, pegado contra su esternón, recibiera aire. El frío le mordió las costillas. Respiró una vez, canalizó qi por el meridiano principal y empujó la técnica prohibida contra el pilar.

El impacto no fue una explosión bonita. Fue un crujido seco, como madera vieja partiéndose bajo presión invisible. El pilar de grado tres —capaz de soportar el qi de un núcleo medio— se agrietó en tres líneas perfectas desde el centro hacia afuera. No se derrumbó. Se quedó allí, roto pero en pie, como prueba muda de que Julián Varas, 'El Deudor', había alcanzado un nivel que no le correspondía.

El silencio duró dos latidos. Luego estallaron los murmullos, las apuestas recalculadas, los mensajes urgentes a los bolsillos que aún le quedaban. Julián mantuvo la postura, aunque el brazo izquierdo le ardía como si lo hubieran sumergido en ácido. La marca violácea se extendió visiblemente bajo la manga, filamentos negros que todos pudieron ver antes de que bajara la tela. No importaba. La demostración había valido el precio.

Cinco minutos después, en su celda, el precio cobró forma física.

Se apoyó contra la pared y levantó la manga. La mancha ya no era una huella discreta: trepaba hasta el codo en raíces finas y palpitantes. El Fragmento del Vacío, ahora helado como un trozo de hierro sacado del invierno, quemaba contra su pecho. Intentó circular qi para estabilizar el núcleo. El flujo llegó hasta la mitad del torso y se detuvo, como si alguien hubiera cerrado una compuerta de golpe.

Mateo entró sin golpear.

—Te está devorando el brazo, Julián.

—No es el brazo —respondió él, voz ronca—. Es el núcleo. Cada vez que uso el Fragmento para reescribir o para romper algo, me cobra más.

Mateo se acercó, examinó la marca y silbó.

—Esto ya no es una firma. Es una condena. Si sigues así, en tres días no tendrás meridiano principal. En cuatro, no tendrás núcleo.

Julián se dejó caer en el catre.

—No tengo tres días. Tengo seis para la auditoría completa. Y la cuota triplicada vence al anochecer.

Mateo se cruzó de brazos.

—Entonces escapa. Tengo un contacto en la frontera norte. Te saca esta misma noche. Pierdes la Academia, pierdes el ascenso, pero sigues respirando.

Julián levantó la vista. Por un segundo, la idea le pareció limpia: desaparecer, empezar de cero, dejar que el Fragmento se llevara lo que quedaba de su dignidad. Pero el recuerdo de su madre contando monedas para pagar el pasaje a la capital, la voz quebrada de su padre prometiendo que algún día el apellido Varas volvería a pesar, le apretó la garganta.

—No.

—¿No? ¿Prefieres morir aquí con estilo?

—Prefiero romper el estilo que ellos quieren imponerme.

Mateo soltó una risa amarga.

—Eres terco hasta para suicidarte.

Julián no contestó. Se puso de pie. La marca violácea latía en sincronía con su pulso. Salió al pasillo y Mateo lo siguió, murmurando maldiciones.

El patio central ya no estaba vacío. Los aprendices se habían dispersado, pero en el centro del círculo de demostración esperaba una figura nueva. Hombros anchos, capa sin insignia, capucha baja. No era un estudiante. No necesitaba serlo. Los sicarios de Intendencia no llevaban placa porque el trabajo que hacían no requería justificación.

El hombre dio un paso adelante. El qi que emanaba de él era denso, controlado, de núcleo avanzado. No había fanfarronería. Solo eficiencia.

—Julián Varas —dijo con voz plana—. Estás marcado para purga. Defectuoso.

Julián sintió el Fragmento vibrar contra su esternón, más frío que nunca. Miró al sicario a los ojos.

—No soy defectuoso. Soy caro.

El sicario no respondió con palabras. Lanzó un golpe de palma abierta que cortó el aire como una cuchilla de qi condensado. Julián no esquivó. Giró el torso, abrió los canales y dejó que el Fragmento del Vacío absorbiera el impacto.

El qi enemigo entró en su cuerpo como agua helada en un cubo agujereado. Por un instante, Julián sintió que se ahogaba en frío. Luego empujó de vuelta.

El sicario retrocedió dos pasos, sorprendido. La palma que había lanzado ahora estaba negra, congelada desde los dedos hasta la muñeca. Intentó circular qi para romper el hielo. No pudo. El Fragmento había convertido su propia energía en una trampa que lo devoraba desde dentro.

Julián avanzó. Cada paso costaba más qi del que recuperaba. La marca violácea se extendió hasta el hombro. El núcleo le ardía como si estuviera a punto de implosionar.

El sicario sacó una daga corta impregnada de supresor de qi y cargó.

Julián no tenía fuerza para otro intercambio completo. En vez de bloquear, se lanzó hacia adelante, dejó que la daga le rozara el costado y clavó la palma abierta contra el pecho del hombre. El Fragmento del Vacío rugió dentro de él.

Un estallido sordo. El sicario salió despedido hacia atrás, chocó contra el pilar roto y se quedó allí, inmóvil, con el pecho hundido y los ojos abiertos en una expresión de incredulidad absoluta.

Julián cayó de rodillas. El patio giraba. El qi se le escapaba por cada poro como vapor. La marca violácea cubría ahora todo el brazo izquierdo y empezaba a trepar por el cuello. El Fragmento, agotado, ya no quemaba: solo pesaba.

Mateo apareció a su lado, lo sostuvo por el hombro.

—Estás vacío. Completamente vacío.

Julián intentó hablar. Solo salió un jadeo.

Seis días. Y ahora, sin qi, sin reservas, sin nada que ofrecer en la próxima subasta o en la próxima demostración. La auditoría completa llegaría con él indefenso.

Desde el borde del patio, la silueta de la Maestra Elara observaba en silencio. No sonreía. Pero sus ojos decían que el peldaño roto acababa de partirse un poco más.

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