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Chapter 8: El precio de la verdad

Elena toma el control legal del fideicomiso y purga a los traidores de la junta, consolidando su poder. Julián transfiere activos personales a su nombre, complicando la naturaleza de su alianza. El capítulo cierra con el regreso inesperado de Sofía Valdés, amenazando el estatus recién adquirido de Elena.

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El precio de la verdad

El despacho de Julián Varela, en el piso cincuenta de la torre, no era una oficina; era un búnker de caoba y cristal. Elena Valdés dejó el maletín sobre la mesa con un golpe seco que resonó como un disparo. Ya no era la novia sustituta que temblaba ante la posibilidad de un escándalo. Ahora, ella era la auditora de su propia ruina.

—El fideicomiso está a mi nombre, Julián —dijo, su voz desprovista de cualquier rastro de duda—. He revisado las transferencias. No eres un benefactor protegiendo un legado; eres un estratega que necesitaba un receptáculo legal para sortear el veto de la purga. Yo soy tu escudo y, a la vez, tu rehén.

Julián, de pie frente al ventanal, no se giró. La ciudad de México se extendía bajo ellos, una red de luces que él controlaba y que, a partir de ese momento, ella empezaba a reclamar. Cuando finalmente se dio la vuelta, sus ojos oscuros no reflejaban ira, sino una fascinación gélida.

—Eres más que un receptáculo, Elena —respondió, acortando la distancia con pasos deliberados—. Eres la única capaz de entender que la lealtad es un activo que se compra con poder. Si te puse en esa posición, fue porque sabía que tú sabrías cómo usarla contra mí si intentaba ser el único dueño de tu destino.

Elena no retrocedió. La cercanía de Julián, cargada de una electricidad que amenazaba con desbordar el contrato, era una trampa que ella misma había ayudado a armar.

—No me llames socia cuando me tratas como un activo contable —replicó ella, sosteniéndole la mirada—. Vamos a la junta. Es hora de que los Valdés entiendan quién posee realmente su futuro.

La sala de juntas de Varela Holdings era un campo de minas. Los ejecutivos, hombres que habían servido a su padre durante décadas, la observaban con una mezcla de desprecio y miedo. Elena se mantuvo de pie, sin esperar invitación. Abrió el expediente sobre la mesa de mármol.

—Señores —comenzó, su tono cortante como un bisturí—, el fideicomiso ha sido auditado. La lealtad que juraron a mi familia ha resultado ser un negocio muy lucrativo para ustedes, al menos hasta hoy.

El director financiero, un hombre que había orquestado el desfalco de sus cuentas personales, se puso en pie, rojo de indignación.

—Usted no tiene autoridad. Es una sustituta, un acuerdo temporal diseñado para salvar el honor de una familia que ya no tiene nada.

Elena no parpadeó. Sintió la presencia de Julián a sus espaldas, una muralla de autoridad que legitimaba cada una de sus palabras. Ella señaló una línea de transferencia en el documento.

—Esa "sustituta" ahora posee el control legal absoluto de los activos. Si prefieren discutir sobre honor, podemos hacerlo frente al fiscal general. Pero si prefieren conservar su libertad, sugiero que empiecen a hablar sobre quién más autorizó estas salidas de capital.

El silencio que siguió fue absoluto. La caída de los traidores fue rápida, quirúrgica. Al salir de la junta, el sabor de la venganza era dulce, pero el alivio fue breve. De vuelta en la mansión, una notificación en su teléfono hizo que su corazón se detuviera: tres transferencias bancarias masivas, con seis ceros cada una, la convertían en la accionista mayoritaria de las empresas Valenti. Julián había vaciado su control personal para ponerlo a su nombre.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó Elena, entrando en el despacho sin llamar. Sus tacones resonaron con violencia—. No soy tu testaferro, Julián. Si esto es una trampa para lavarte las manos antes de que la junta te destruya, te equivocas.

Julián se puso en pie, invadiendo su espacio personal. La intensidad en su mirada era eléctrica.

—No es una trampa. Es una rendición. Ahora, el destino de mi legado descansa bajo tu firma. Si esto cae, tú eres la dueña de las ruinas.

Elena retrocedió, chocando contra el escritorio. La frialdad del mueble le recordó que no estaba en una negociación, sino en una jaula de oro. ¿Era protección o una táctica para encadenarla a los crímenes de los Varela? Antes de que pudiera procesar la respuesta, un mensaje cifrado de su seguridad le heló la sangre: «Sofía Valdés ha aterrizado. Se dirige a la mansión».

Su hermana, la novia que la había dejado como cebo ante los lobos, regresaba para reclamar su lugar. Elena miró a Julián, cuya expresión era indescifrable. El juego de la novia sustituta había terminado; ahora, la guerra por el trono comenzaba.

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