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Chapter 2: Contrato bajo seda blanca

Elena y Julián enfrentan la presión de la prensa en el Hotel Imperial, donde Julián sacrifica capital político para defender la posición de Elena como socia. Tras mudarse a la residencia Varga, Elena exige acceso total a las cuentas, solo para descubrir en el escritorio de Julián pruebas de que él orquestó la ruina de su familia mucho antes del desfalco de Sofía.

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Contrato bajo seda blanca

El salón del Hotel Imperial no era un escenario de celebración, sino una jaula de cristal diseñada para la disección pública. Elena ajustó el escote de su vestido, sintiendo el peso de las miradas como agujas sobre su piel. A su lado, Julián Varga permanecía inmóvil, una estatua de granito envuelta en un traje hecho a medida que ocultaba, con precisión quirúrgica, la ruina que él mismo había ayudado a precipitar.

—Sonríe, Elena. La especulación es un lujo que no podemos permitirnos hoy —murmuró Julián. Su voz era un roce gélido contra su oído, desprovista de cualquier calidez.

Elena no giró la cabeza. Mantuvo la vista al frente, donde los flashes de los fotógrafos estallaban como disparos en una ejecución.

—Mi sonrisa tiene un precio, Julián. Y el contrato de sociedad que redacté no es una sugerencia. Si quieres que sea la cara de tu imperio, necesito acceso real a las cuentas que mi hermana dejó en llamas. No seré un florero en tu escritorio.

Antes de que él pudiera responder, un reportero de sociales, con la mirada hambrienta de quien busca sangre, se adelantó rompiendo el cordón de seguridad.

—Señorita Elena, los rumores dicen que su hermana huyó dejando un desfalco millonario. ¿Es usted solo un reemplazo temporal para salvar los muebles de los Varga? ¿O es que Julián ha comprado su silencio junto con su compromiso?

El silencio que siguió fue absoluto, cargado de una electricidad maliciosa. Julián no dudó. Rodeó la cintura de Elena con una posesividad calculada, atrayéndola hacia su cuerpo con una firmeza que no admitía réplica. No era un gesto de afecto, sino una declaración de propiedad que, Elena lo sabía, le costaría caro ante los inversores presentes.

—Elena no es un reemplazo —sentenció Julián, su voz resonando con una autoridad que obligó al reportero a retroceder—. Es la socia estratégica con la que he decidido consolidar mis operaciones. Lo que mi prometida y yo discutamos en privado es irrelevante frente al éxito de esta unión. Si alguien tiene dudas sobre la solvencia de mi futura esposa, que las dirija a mi oficina legal. Mañana.

La prensa quedó muda, pero el costo fue inmediato. Elena vio cómo los accionistas en la sala intercambiaban miradas de desaprobación. Julián acababa de sacrificar capital político para silenciar el escándalo, y ella sabía que la factura se la cobraría en la intimidad de su residencia.

Horas después, en el vestíbulo de la mansión Varga, el mármol era tan frío como la mirada de Julián al cerrar la puerta principal. Elena dejó su maleta en el suelo, el sonido del cuero barato resonando con una vulgaridad insultante en aquel espacio de techos infinitos.

—El contrato exige que vivas aquí, no que decores el lugar —dijo Julián, despojándose de su chaqueta con un movimiento seco.

—Analizo mis activos, Julián —respondió ella, clavando la mirada en sus ojos grises—. Si voy a ser la cara de tu imperio para salvarte, necesito acceso. Quiero ver las cuentas de la sociedad que estamos rescatando. Quiero el control operativo de la parte que me corresponde. No aceptaré menos.

Julián se acercó, invadiendo su espacio personal hasta que ella pudo sentir el aroma a sándalo y tabaco de su piel.

—Has pedido acceso a las entrañas de mi imperio, Elena. Eso no es sociedad, es una apuesta de alto riesgo. ¿Estás preparada para ver cuánto de tu familia está realmente en ruinas?

La tensión entre ellos no era atracción, sino el desafío intelectual de dos depredadores en la misma jaula. Sin embargo, antes de que ella pudiera replicar, un inversor, Arturo Beltrán, irrumpió en el estudio sin invitación.

—¿Vas a arriesgar los dividendos por una sustituta de segunda mano, Julián? —escupió Beltrán, ignorando la presencia de Elena.

Julián no dudó. Su respuesta fue una frialdad brutal que destruyó la reputación de Beltrán en menos de un minuto, dejando claro que quien atacara a Elena, atacaba a Varga. Pero cuando Julián se ausentó para atender una llamada urgente, Elena vio su oportunidad. Se acercó al escritorio de caoba, sus dedos recorriendo la cerradura electrónica que él había tecleado distraídamente. El mecanismo cedió, revelando un archivo de cuero negro. Al abrirlo, el aire se estancó en sus pulmones. No encontró contratos de deuda, sino un dosier detallado sobre el desfalco de Sofía con fechas que se remontaban a dos años atrás. Julián no había intervenido por azar; él había facilitado la ruina de su familia mucho antes de la huida de su hermana.

El archivo que tengo bajo mis manos no es un documento de trabajo, Julián. ¿Qué es lo que realmente planeaste?

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