Chatarra, Deuda y el Último Sorteo
El cronómetro sobre la Bahía de Salvamento de la Academia Vanguarda no contaba tiempo; contaba los latidos que le quedaban al Cargador-V. Dos minutos y cuarenta segundos. Para los cadetes de élite, ese era el margen para asegurar estabilizadores giroscópicos de clase A. Para Leo Valenti, era la cuenta regresiva para que el sistema de la academia declarara su chasis como "inviable" y lo enviara a la fundición.
El Cargador-V, un armazón heredado que olía a aceite quemado y desesperación, vibró bajo sus pies. Sus actuadores hidráulicos gemían con un sonido metálico, un recordatorio constante de la deuda familiar que pesaba más que el propio blindaje.
—Valenti, deja de babear sobre la chatarra —la voz de Valeria Soler cortó el aire del hangar como un bisturí. Estaba a pocos metros, flanqueada por dos subordinados que cargaban componentes de alta gama con una arrogancia que solo el dinero podía comprar—. El sorteo es para estudiantes con futuro, no para mecánicos de alcantarilla que apenas pueden encender su propio reactor sin provocar un cortocircuito.
Leo no levantó la vista. Sus dedos, callosos y manchados de grasa, se cerraron con fuerza sobre el borde de su terminal. La humillación era un precio que pagaba a diario, pero la insolencia de Valeria era un lujo que no podía permitirse ignorar.
—Dos minutos, Valenti —la voz del Director Kaelen retumbó desde la pasarela superior. El hombre golpeó su bastón contra la barandilla metálica, un sonido seco que selló el destino de cualquier cadete que no cumpliera con la cuota de eficiencia—. Si no presentas una mejora funcional antes de que el cronómetro llegue a cero, tu estatus será revocado. La academia no subvenciona ineficiencias. Ni hoy, ni nunca.
Leo ignoró los componentes de élite que los otros cadetes disputaban a gritos. Se lanzó hacia el contenedor de descarte, un pozo de metal oxidado que el sistema consideraba basura. Allí, entre cables deshilachados y placas de circuito calcinadas, sus dedos rozaron algo que no debería existir: un módulo de aleación opaca, sin marcas de fabricante, pesado y extrañamente frío al tacto.
Al contacto, una descarga eléctrica le recorrió el brazo, erizándole el vello de la nuca. No era chatarra. Era tecnología de una era anterior, con una firma energética que latía como un corazón oculto bajo el metal muerto. Leo lo ocultó bajo su chaqueta antes de que alguien pudiera verlo.
De vuelta en su taller, un nicho de hormigón que apestaba a ozono, Leo trabajó con manos temblorosas. El riesgo era absoluto: si el sistema de seguridad detectaba una modificación no autorizada, su expulsión sería inmediata. Con un movimiento preciso, insertó el módulo en el puerto central del Cargador-V. Durante un segundo, el silencio fue total. Entonces, el chasis cobró vida con un zumbido armónico. Una luz azul eléctrica recorrió las venas del armazón, desafiando las leyes de eficiencia de la academia.
Leo se ajustó el arnés. El mech, que antes se quejaba con cada movimiento, respondió ahora con una fluidez aterradora. Ejecutó una finta lateral en la simulación privada, dejando una estela borrosa sobre el suelo. La pantalla de estado, antes teñida de un rojo opaco, parpadeó a un verde eléctrico. Su velocidad de reacción era un 40% superior a cualquier estándar de su rango. Era una ventaja injusta, una anomalía técnica que le otorgaba el poder de ascender, pero cada milisegundo de esa agilidad le costaba una fracción de estabilidad en el núcleo.
En la sala de monitoreo, una terminal remota se encendió. Valeria Soler observaba el registro de combate de Leo, sus dedos deteniéndose sobre el gráfico de rendimiento que rompía todos los límites conocidos. Sus ojos, antes llenos de desdén, se entrecerraron con una mezcla de sospecha y una curiosidad asesina. El módulo, instalado en el corazón del Cargador-V, emitió un pulso final, una firma energética que no debería existir en un vertedero, marcando el inicio de una guerra que Leo apenas comenzaba a comprender.