Chatarra con pulso
El zumbido del cortador de plasma de los inspectores era el sonido de la sentencia de muerte en el Nivel 12. A través de la lona industrial que cubría su hangar, Kael vio el resplandor violeta del láser atravesando el chasis de su vecino, el viejo Jarek. Segundos después, el estruendo del metal colapsando contra el suelo resonó en sus huesos. No era una inspección; era una purga de activos obsoletos.
—Siguiente activo: unidad de combate serie 402, modelo Cazador —anunció la voz metálica del altavoz de la Facción.
Kael se apretó contra el metal frío de su frame. Era un esqueleto oxidado, plagado de cicatrices de batallas que él nunca había librado, un modelo de la era de la Gran Purga que el sistema de sorteo había marcado para el desguace. Si lo encontraban, terminaría en las minas de ventilación, sin esperanza de ascender jamás. El inspector, un hombre con uniforme impecable, se detuvo frente a su lona. Sostenía un escáner que emitía un pulso rítmico, buscando firmas de energía activas.
—Si no está en el registro, no existe —susurró Vargas desde la penumbra, su voz una mezcla de cinismo y miedo—. Conecta esa basura o prepárate para ver cómo desguazan tu futuro.
Kael no respondió. Sus manos, manchadas de aceite negro, temblaban al sostener el módulo de datos que Vargas había recuperado de un pozo de purga. Si se equivocaba, la interfaz neurológica del Cazador freiría sus sinapsis. Con un movimiento seco, Kael insertó el módulo en el puerto central del núcleo.
El efecto fue inmediato. El Cazador no se encendió; rugió. Una sacudida eléctrica recorrió la columna vertebral de Kael, una descarga de datos crudos que le quemó la visión. El frame vibró con una frecuencia que hizo saltar las herramientas del suelo. Afuera, los sensores del inspector comenzaron a emitir pitidos erráticos.
—¡Detectada anomalía de firma energética en el sector 7! —gritó el inspector, dando un paso atrás mientras su escáner echaba humo.
Kael no esperó. Empujó las lonas industriales y el Cazador emergió a la plataforma de pruebas. Su chasis, antes opaco, ahora palpitaba con una luz azul prohibida que recorría sus circuitos como venas de energía pura. La patrulla de seguridad, tres unidades serie-V con la pintura impecable, bloqueaba la salida hacia el nivel superior.
—El activo 74-B ha sido marcado para desguace —sentenció el líder de la patrulla—. Baja del frame, chatarrero, o lo reduciremos a chatarra contigo dentro.
Kael apretó los controles. El Cazador se movió con una fluidez antinatural, esquivando el primer impacto de un cañón de riel que pulverizó el suelo donde segundos antes estaba su pierna derecha. El sistema de puntería, antes lento, se iluminó con una precisión matemática. Kael vio las líneas de trayectoria de los enemigos dibujadas en su visión periférica. Ejecutó una maniobra de alta precisión, una estocada que solo un prototipo de la era dorada podría realizar.
El impacto fue limpio. El Cazador atravesó el pecho de la unidad líder, arrancando su núcleo de energía. Pero el costo fue inmediato. Un siseo ensordecedor llenó la cabina; el sistema de refrigeración, incapaz de manejar la sobremarcha, estalló en una nube de vapor hirviente. El frame se desplomó, inhabilitado, mientras Kael, con el rostro bañado en sudor, comprendía que acababa de ganar su derecho a seguir vivo, pero había perdido su única herramienta de combate para la siguiente ronda. La escalera hacia arriba estaba abierta, pero el primer peldaño acababa de romperse bajo sus pies.