La Prueba de la Verdad
El hangar del sector bajo no olía a gloria, sino a ozono, aceite quemado y la amargura metálica del sudor frío. Kael se apoyó contra el chasis del Cicatriz, sintiendo cómo el bastidor, ahora reforzado con placas de blindaje militar robado, vibraba con una cadencia errática. No era una vibración mecánica; era un latido. El núcleo prohibido, incrustado en el pecho del bastidor, estaba fusionándose con el chasis, y cada pulso enviaba una descarga de estática que le erizaba la piel.
—Si los inspectores detectan la firma energética de ese núcleo, no te confiscarán el bastidor, Kael. Te borrarán —gruñó Tacho desde la mesa de trabajo. Sus manos, curtidas por décadas de desguace, soldaban una placa de refuerzo con una precisión que desafiaba su edad—. La Academia ya no te ve como una curiosidad. Eres una anomalía que necesita ser corregida. Y han empezado a apostar por tu caída.
Kael consultó el monitor de su muñeca. La cifra de su deuda —seis dígitos que ascendían con cada segundo de inactividad— parpadeaba en un rojo agresivo. El ascenso al Círculo de Hierro no había sido una salvación; había sido una trampa de costos operativos. Para mantener el Cicatriz funcional y ocultar la naturaleza de su núcleo durante la prueba de resistencia, debía desconectar los limitadores de seguridad de la red de la Academia. Era un suicidio administrativo, pero la alternativa era el desguace.
—No tengo opción, Tacho —respondió Kael. Su voz sonaba más grave, más metálica—. Si me presento con los limitadores activos, el sistema me estrangulará antes de la primera oleada.
Horas más tarde, la Arena de Pruebas era un anfiteatro de juicio. Kael ajustó los arneses; el bastidor vibraba contra su columna, una conexión dolorosa que delataba la inestabilidad de la fusión. En la tribuna de honor, Valeria 'La Hierro' observaba con los brazos cruzados, una ejecutora vestida de seda sintética. A su lado, los patrocinadores intercambiaban datos sobre el rendimiento de Kael. Para ellos, él no era más que una variable en sus hojas de cálculo, una anomalía que debían capitalizar o eliminar.
—Piloto 7-B, mantenga la posición —la voz del instructor retumbó por el altavoz, gélida—. La auditoría de resistencia comienza en diez segundos.
El suelo de la arena se abrió con un chirrido agudo. De las sombras emergieron seis drones clase 'Segador', sus ópticas brillando con una luz azulada y fría. Kael no esperó. Aceleró el Cicatriz, sintiendo cómo el blindaje militar absorbía el primer impacto láser con un siseo de metal sobrecalentado. Cada impacto era un golpe directo a su integridad física, pero el Cicatriz respondía con una brutalidad que no pertenecía al manual académico.
De pronto, el indicador de temperatura del refrigerante se tiñó de un rojo violento. El software de la arena estaba manipulando el flujo térmico, provocando un estrangulamiento deliberado. Kael vio cómo los drones aceleraban su frecuencia de ataque, acosando al Cicatriz mientras su sistema de soporte vital empezaba a humear con un olor agrio a aislamiento quemado.
—¿Quieren que me detenga? —gruñó Kael, sus dedos volando sobre el panel de control manual—. No esta vez.
Con una maniobra arriesgada, desconectó los limitadores de seguridad. El dolor fue instantáneo: una descarga de retroalimentación neural le recorrió los nervios, el precio de la fusión física con su máquina. El Cicatriz dejó de ser una herramienta para convertirse en una extensión de su propia voluntad. Con un rugido que hizo temblar los cimientos de la arena, el bastidor descargó una ráfaga de energía cruda, desintegrando a los drones restantes en una lluvia de chispas y metal fundido.
Cuando el vapor escapó de las juntas del bastidor, el silencio de la arena fue absoluto, hasta que los espectadores, antes indiferentes, comenzaron a corear su nombre. Kael descendió de la cabina, limpiándose el fluido hidráulico de la frente con un guante manchado. Cada gota era un recordatorio de que su bastidor estaba sangrando integridad estructural.
—Buen espectáculo, 'Anomalía' —la voz de Valeria cortó el ruido. Ella estaba de pie al borde de la tribuna, su bastidor impecable proyectando una sombra alargada sobre la chatarra del Cicatriz. Sus ojos buscaban la debilidad que Kael intentaba ocultar—. Si has venido a hacer una oferta, mi precio ha subido.
Valeria soltó una carcajada seca.
—Tu precio es la ruina, Kael. La Academia ya no te ve como un estudiante, sino como una pieza de hardware que necesita ser desmantelada. Te desafío a un duelo de rango. Mañana. Si ganas, mantienes tu estatus; si pierdes, el Cicatriz será confiscado permanentemente.
Kael miró a los patrocinadores en la tribuna; sus miradas, antes frías, ahora brillaban con una codicia calculadora. Se dio cuenta de que su anonimato había muerto. Ahora era propiedad de sus expectativas, y el peligro de ser notado era, finalmente, más letal que el olvido.