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Chapter 10: Alianza forzada

Kaelen y Valeria se refugian en el Nivel 2 tras escapar de la purga. Kaelen revela que la Torre es una prisión que drena memorias mediante reinicios globales. Ambos realizan una sobrecarga inversa para estabilizar un nodo y ganar tiempo, pero el sistema les presenta un dilema existencial: hackear el núcleo requiere sacrificar los recuerdos personales de Kaelen para evitar el borrado total de la población.

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Alianza forzada

El aire del Nivel 2 sabía a ozono y metal quemado. Kaelen se desplomó contra la pared de obsidiana, sintiendo cómo su vitalidad, estancada en un irrisorio 0.04%, apenas mantenía sus pulmones en marcha. El Sistema Roto, una interfaz de líneas fracturadas y código parpadeante, emitía un zumbido agudo en su córnea: ALERTA: Integridad sistémica crítica. Reinicio global en 71:14:22.

Valeria lo soltó con un gesto seco. Sus manos, antes impecables, estaban manchadas con el hollín de la purga. La heredera de la Secta del Cenit no lo miraba con desprecio, sino con una intensidad depredadora que le erizaba la nuca.

—No te atrevas a morir —espetó ella, extrayendo un inyector plateado, un recurso de élite que valía más que la vida de diez recolectores—. Si el reinicio borra la Torre, mi linaje se convierte en polvo. Mi nombre, mi historia, todo lo que mis ancestros construyeron… se desvanece. No voy a permitir que un paria sea el arquitecto de mi olvido.

El inyector siseó al perforar la piel de Kaelen. Un calor artificial, denso y doloroso, inundó su torrente sanguíneo. Vitalidad: 0.9% – Estabilización temporal. Pero el costo fue inmediato: una notificación roja parpadeó en el aire, visible para cualquier sensor de la Secta.

—Acabas de marcarme como traidora —dijo Valeria, guardando el inyector con una frialdad que ocultaba un temblor en sus dedos—. Mi firma digital está en tu sistema. Ahora, habla. ¿Qué viste en el Sector 4?

Kaelen activó su Visión de Fallos Estructurales. El mundo se despojó de su fachada de piedra y luz, revelando la verdad: la Torre no era un templo de ascenso, sino una prisión de contención colosal. Hilos de energía, similares a venas succionadas, drenaban la vitalidad de los niveles inferiores para alimentar un núcleo central que latía con una frecuencia inhumana.

—No estamos ascendiendo —dijo Kaelen, su voz apenas un susurro—. Estamos siendo procesados. El reinicio no es una limpieza de secta; es una recarga. Cada setenta y dos horas, la Torre borra la identidad de sus habitantes para evitar que el núcleo despierte. Somos combustible, Valeria. Nada más.

La heredera se quedó inmóvil. La arrogancia de su linaje se resquebrajó ante la evidencia de que su superioridad era solo una ilusión diseñada por el sistema.

—Si el reinicio borra todo… —comenzó ella, con la voz quebrada por una rabia contenida—, ¿cómo es que tú ves esto?

—Porque el Sistema Roto no sigue sus reglas. Es un error en el código. Y es la única llave para llegar al núcleo.

Un estruendo metálico resonó en el corredor. Las patrullas del Cenit ya estaban peinando el área. El tiempo se agotaba.

—El nodo secundario está sangrando hacia el núcleo —señaló Kaelen, marcando una grieta en la pared con su visión—. Si lo estabilizamos, ganaremos tiempo. Pero requiere una sobrecarga inversa. Tú aportas la energía de tu sello; yo anclo el proceso con el Sistema Roto. Si uno falla, el otro se drena. Memorias, vitalidad, existencia.

Valeria no dudó. Sus manos se encontraron con las de Kaelen sobre el núcleo de obsidiana. La energía del Cenit, pura y destructiva, chocó contra el código negro del Sistema Roto. El dolor fue absoluto, una descarga que amenazaba con borrar sus recuerdos más preciados.

El nodo estalló en un pulso de luz blanca y negra. El contador global se detuvo y retrocedió: +18 horas.

Pero el precio fue revelado en el log del sistema: el acceso al núcleo principal estaba abierto, pero requería una elección. El hackeo final borraría el registro de identidad de Kaelen, incluyendo el rastro de su familia, o dejaría que el reinicio global los borrara a todos.

Valeria lo levantó, sus ojos reflejando la misma urgencia desesperada.

—¿Qué viste, paria?

Kaelen miró el contador: menos de tres días. La elección no era entre poder y debilidad, sino entre su pasado y el futuro de todos.

—El núcleo está abierto —respondió Kaelen, mientras las botas de los centinelas resonaban cada vez más cerca—. Pero el precio es definitivo. O los salvo a todos, o guardo el recuerdo de quienes me hicieron ser quien soy.

Valeria apretó la mandíbula, su lealtad a la secta totalmente consumida por la necesidad de sobrevivir.

—Entonces elige, Kaelen. Porque el tiempo no se detiene por tu tragedia personal.

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