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Chapter 11: La Rebelión del Sistema

Kaelen hackea la red central de la Torre desde el Nivel 4, exponiendo la verdad sobre el refinamiento de esencia humana. Tras destruir a los Segadores de Vane en una demostración pública de poder, es convocado por el administrador de la Torre, revelando que su ascenso es parte de un juego mayor.

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La Rebelión del Sistema

El chasis de mi mecha no solo vibraba; palpitaba con un ritmo viscoso, un latido orgánico que se sincronizaba con mi propia sangre. En el HUD, la eficiencia del núcleo marcaba un 85% inestable. El precio de esa potencia era un vacío absoluto en mi mente: intenté recordar el rostro de mi mentor, el hombre que me enseñó a desguazar motores en los niveles bajos, pero solo encontré una estática gris y dolorosa. Sacrifiqué ese recuerdo para estabilizar la red neuronal. El dolor fue un relámpago que me dejó sin aliento, pero el mecha respondió con una fluidez inhumana, bloqueando el avance de los Segadores que patrullaban el corredor del Nivel 4.

—Objetivo detectado —siseó la interfaz, imitando la voz gélida de Vane. La purga de biomasa no era una amenaza; era una sentencia de muerte en tiempo real. Tenía 22 horas y 58 minutos antes de que la deuda familiar me consumiera, pero el tiempo se sentía irrelevante frente a la elegancia letal de los Segadores. Eran máquinas blancas, asépticas, diseñadas para borrar anomalías como yo. Mis manos, conectadas directamente al núcleo, sentían la vibración de la red. Valeria estaba atrapada en el Nivel 3, aislada por el sello que yo mismo había provocado al ascender. No podía volver por ella sin perder lo poco que me quedaba de identidad.

Llegué al Nodo de Datos del Nivel 4, donde el aire sabía a ozono y carne quemada. Mi brazo izquierdo, ahora revestido por una placa orgánica que latía al ritmo de un núcleo inestable, se convulsionó mientras conectaba la interfaz a la red central.

—Valeria, ¿me recibes? —siseé. Mi voz sonaba distorsionada, filtrada por los protocolos de seguridad que intentaban purgar mi presencia.

—Kaelen... estás en el corazón de la red —la voz de Valeria llegó entrecortada, filtrada por capas de cifrado—. Si inyectas la firma del Núcleo Maestro ahora, no solo abrirás una puerta. Vas a quemar los registros de deuda de todos nosotros. Pero Vane está rastreando el pico de energía. Los Segadores han bloqueado los ascensores.

Inyecté la firma. No fue una descarga silenciosa; fue un grito digital que recorrió la Torre. En las pantallas de todos los niveles, la verdad sobre el refinamiento de esencia humana se proyectó con una claridad brutal. El caos estalló en los niveles inferiores; la población, al ver cómo sus vidas eran consumidas como combustible, comenzó a rebelarse contra las corporaciones.

En la Plaza Central, los Segadores cerraron el círculo.

—Piloto 999 —la voz de Vane retumbó por los altavoces, cargada de un desdén corporativo—. Tu existencia es un error de sistema. Tu deuda será liquidada junto con tu chatarra.

No respondí. Sentí otro vacío en mi memoria, un nombre de mujer que se desvanecía. Activé el protocolo de overclock prohibido. El sistema nervioso del mecha se fusionó con el mío; el dolor fue una descarga eléctrica pura, una quemadura que me recorrió la columna, pero el resultado fue inmediato. El mecha se lanzó hacia adelante, moviéndose con una fluidez inhumana. Esquivé una ráfaga de plasma que fundió el acero a centímetros de mi cabeza y, con un golpe cinético potenciado por la armadura orgánica, desintegré al Segador líder. Los otros dos cayeron en segundos, reducidos a chatarra bajo mis pies. Me alcé sobre los restos, mi presencia ahora innegable para toda la jerarquía de la Torre.

El silencio que siguió no fue paz; fue un presagio. Las luces de neón se apagaron de golpe. El aire se volvió pesado, saturado de estática. Entonces, la voz resonó, no en los altavoces, sino directamente en mi interfaz neuronal:

—Anomalía 999 detectada. Protocolo de purga cancelado. Acceso concedido a la Cima.

El suelo de la plaza se desgarró, revelando un ascensor de servicio prohibido. La deuda familiar, 22 horas y 58 minutos, parpadeaba en mi visión periférica, pero ante la magnitud de lo que estaba a punto de ocurrir, pareció una nimiedad. El administrador de la Torre me llamaba. La rebelión había sido detectada, y la cima, lejos de ser el final, era solo el comienzo de la verdadera guerra.

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