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Chapter 8: El costo de la verdad

Valeria escapa de una detención orquestada por Tomás en el santuario, utilizando una deuda de silencio con un transportista local para llegar a la Casa de la Loma. Al llegar, descubre que Inés fue trasladada recientemente, mientras Bruno Salvatierra se aproxima a la propiedad para interceptarla, cerrando el cerco sobre ella.

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El costo de la verdad

El aire en el atrio del santuario se sentía denso, cargado de incienso y el olor metálico de la lluvia inminente. Valeria apretó el sobre lacrado contra su pecho; el sello de los Larrañaga, frío y rígido, era lo único que le recordaba que no estaba alucinando. Apenas dio tres pasos hacia la salida cuando dos agentes de la policía local le cerraron el paso. No hubo advertencia, solo la pesadez de una mano sobre su hombro, una presión que no buscaba detenerla, sino marcarla.

—Señorita Valeria Salvatierra —dijo el oficial, su voz carente de cualquier rastro de duda—. El licenciado Echeverría ha presentado una denuncia formal. Obstrucción a la justicia y sustracción de documentos privados. Acompáñenos.

El nombre de Tomás resonó en el atrio, silenciando el murmullo de los peregrinos. Valeria sintió cómo el pueblo, su propio refugio, se transformaba en un mecanismo de vigilancia. Sabía que en San Damián, la verdad era un activo que la familia Larrañaga administraba con mano de hierro. Si se dejaba llevar, el sobre desaparecería y ella sería borrada del relato antes del amanecer.

Valeria no esperó. Se dejó caer hacia atrás, tropezando con una fila de fieles que cargaban exvotos de plata. El caos fue instantáneo: velas volcadas, el aroma a cera derretida inundando el aire y los gritos de una anciana al perder el equilibrio. En ese segundo de confusión, Valeria se deslizó entre las bancas, ignorando los llamados de los agentes. Ya no era la archivista prudente; era una mujer que entendía que cada segundo de duda era un clavo más en el ataúd de Inés.

Corrió hacia el traspatio del mercado de cera. Allí, junto a una camioneta blanca con la pintura descascarada, encontró a Toño, un transportista con quien compartía una deuda de silencio.

—Necesito que me saques de aquí, ahora —espetó, sin aliento.

El hombre la miró con recelo, observando las patrullas que ya bloqueaban la entrada principal. —Si te subo, pierdo la ruta y el permiso. Ya corrió la voz, Valeria. Tomás no juega.

Ella no perdió tiempo en ruegos. Sacó la copia de la transferencia secreta, dejando que la firma de los Larrañaga brillara bajo la luz mortecina del patio. —Esto no es un favor, Toño. Es la única razón por la que todavía no te han cerrado el negocio por los favores que me debes.

El hombre palideció. Sin decir palabra, abrió la puerta. La camioneta rugió, alejándose por los caminos de tierra mientras la radio, entre estática, confirmaba la cacería: Tomás había movilizado a la policía y Bruno, el heredero de la fachada impecable, ya estaba en camino a la montaña para “resolver” el problema personalmente.

Valeria miró el reloj del tablero. Cuatro días. Cuatro días para que el Libro Contable Negro fuera reducido a cenizas. Cada sacudida del vehículo sobre el terreno roto era un recordatorio de que la prudencia había muerto. Al llegar a las faldas de la Casa de la Loma, Valeria obligó al transportista a detenerse.

—Si preguntan, no me viste —le ordenó, dejando un fajo de dinero en el asiento.

Subió a pie, con las botas hundiéndose en el lodo y el aire de la sierra raspándole la garganta. La propiedad, un refugio de exilio para los Larrañaga, se alzaba ante ella como una tumba silenciosa. Al forzar el portón oxidado, el olor a madera mojada y tierra removida la recibió. En el salón principal, encontró rastros recientes: huellas frescas de calzado fino y una nota escondida bajo una piedra en la chimenea. Inés había estado allí, pero la habían movido hace pocas horas.

Valeria se quedó inmóvil, con el corazón martilleando contra sus costillas. El cielo se cerraba sobre la montaña, y en la distancia, el sonido de un motor de motocicleta se acercaba por la vereda. Bruno no estaba perdiendo el tiempo. La trampa se había cerrado, y ella estaba justo en el centro.

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