Seis días para el incendio
Cinco días, veintidós horas y cuarenta minutos. El segundero del reloj de pared en el apartamento de Valeria parecía un martillo golpeando el silencio. Sobre la mesa de madera, el sobre lacrado con el sello de los Larrañaga —un escudo heráldico que siempre había simbolizado orden— ahora parecía una herida abierta.
Valeria rompió el lacre. El sonido seco del sello al quebrarse fue el único aviso antes de que la realidad de San Damián del Monte se fracturara. No era una contabilidad, era un mapa de chantaje. Las páginas, escritas con la caligrafía nerviosa de Inés, detallaban una red de donaciones piadosas que terminaban en inmobiliarias fantasma. Pero fue la última entrada la que le heló la sangre: un incendio ocurrido hace diecisiete años, archivado como un accidente fortuito, aparecía ahora vinculado directamente a la expansión del corredor hotelero que Bruno Salvatierra inauguraría en menos de una semana. El dinero no se lavaba en el santuario; se enterraba bajo los cimientos de la fe.
El timbre sonó, un golpe metálico que la hizo saltar. Valeria escondió los documentos bajo el forro de su abrigo justo antes de que la puerta se abriera. Bruno entró sin esperar, cargando una bolsa de pan dulce, su sonrisa de heredero impecable actuando como un escudo contra cualquier sospecha.
—La familia está preocupada, Val —dijo Bruno, recorriendo la sala con una mirada que no buscaba consuelo, sino debilidades. Se detuvo ante la mesa, sus dedos rozando el borde—. ¿Has encontrado algo que nos ayude a cerrar este capítulo?
Su amabilidad era un arma de presión. Bruno no venía a visitarla; venía a medir cuánto sabía. Valeria sintió el peso de los papeles contra su piel, una quemadura de papel que le recordaba que su propia seguridad era el precio de esa información.
—Inés no se fue por voluntad —respondió ella, forzando una calma que le quemaba la garganta—. Está dejando pistas. Y alguien las está borrando.
Bruno soltó una risa breve, casi compasiva. Se acercó un paso más, invadiendo su espacio personal con una familiaridad que antes le resultaba reconfortante y ahora le provocaba náuseas.
—A veces, la lealtad es más valiosa que la verdad, Valeria. No te quemes buscando cenizas. El pueblo necesita paz, no un escándalo que destruya el legado de los Larrañaga.
En cuanto él salió, Valeria no esperó. Sabía que su casa ya no era un refugio. Corrió hacia el santuario, guiada por la memoria del exvoto que había encontrado en el archivo físico. En la capilla lateral, bajo el corazón de plata, presionó la ficha de madera. Un clic metálico reveló una cavidad oculta. Dentro, una copia notarial detallaba una transferencia secreta de Inés: un movimiento de capital que no solo financiaba el santuario, sino que mantenía a la familia Larrañaga bajo el control de una red de poder que el pueblo apenas sospechaba.
Al salir, la luz de la tarde le devolvió un San Damián distinto. Las caras de los vecinos, antes familiares, ahora parecían cómplices de un secreto que la rodeaba. Su teléfono vibró en el bolsillo: un número desconocido. Valeria se detuvo, con la copia notarial quemándole el pecho, mientras comprendía que, al desenterrar la verdad del Libro Contable Negro, no solo había puesto en riesgo a los Larrañaga, sino que se había convertido en el único blanco móvil en un pueblo diseñado para silenciar a quienes sabían demasiado. El tiempo se agotaba, y Bruno ya no estaba jugando a ser el hermano preocupado.